El otro día fui a ver
Rigoletto al Solís. Entre el 2do. y 3er. acto se hizo una pausa grande, en la cual me dispuse -a pesar del frío- salir a fumar. Es ese cigarrillo obligado que por más que nieve, tenés que salir a fumar. Claro que yo no era la única, eramos varios los que, atados al vicio, decidimos salir.
Y en eso lo veo a ÉL... estaba igualito, tal como lo recordaba; mi profesor de Idioma Español del liceo. No es que sea especialmente lindo ni nada de eso, pero es una de esas personas que te despiertan una admiración inexplicable, y todo lo que diga lo tomás como si fuera la verdad absoluta. Lo vi de lejos, él estaba adentro, en el hall.
Cuando termino de fumar, entro y dudo en acercarme. Hacía 13 años que no lo veía y el hecho de que no me recordara podía ser un golpe muy duro para mí.
Me acerco dudosa, y con la misma vocecita que podía tener hace 13 años atrás lo llamo por su nombre. Me mira y me vuelve a mirar, pero no dice nada. De repente se le llena la boca de risa y pronuncia mi nombre, con ese tono que hace la gente cuando se encuetra a alguien que hace mucho que no ve. Yo finalmente me alivio. Si bien para mí estoy igual, él no paraba de hacer alusión a cuánto cambié. Y claro, él recordaba a una nena de 12 años...
Me saqué las ganas de decirle un par de cosas referidas a mi admiración. Tengo que decir que el color de sus mejillas cambió ante mis "elogios". Punto para mí.
Le pregunté si iba a ir a la otra ópera de la temporada y me dijo que sí. Casualmente, para la misma fecha que yo.
Lo voy a volver a ver...